NotUrban: Un Museo de “tradición”

El Museo de Historia Natural de la UNMSM no es un museo cualquiera, en el se revaloran la riqueza peruana en la flora, fauna y minerales.

Para escapar de la rutina diaria, generalmente, muchos recurren a los diversos multicines de la capital; sin embargo, ¿aprenderé algo al ver Garfield 3D? ¡No!. Para ello, hay un lugar donde puedes huir del quehacer diario y conocer nuestra riqueza en la flora, fauna y minerales. Todo ello lo contiene el Museo de Historia Natural de la UNMSM, que viene realizando esta función desde 1918, año de su fundación, y se ubica en la cuadra doce de la avenida Arenales.

El museo no esta vacío

La casona que encierra las maravillas de la fauna esta solo a unos pasos de la boletería, de allí salen alborotadamente los alumnos de sexto año de primaria del colegio Emmanuel; su excursión ha finalizado y aunque algunos intenten regresar; la mujer que controla el ingreso de los visitantes frustra el cometido: “¡Afuera ese colegio!, ha estado toda la mañana”. “Aquí es así – comenta-; siempre hay gente…colegios, extranjeros y familias; el museo no esta vacío”.

Por las rutas del saber

Una foca es parte de la recreación de las Islas Paracas, que se encuentra en el medio de la sala de la casona. A ambos lados de aquélla, existen dos grandes habitaciones; a la derecha, el área de los mamíferos y a la izquierda, la de peces, aves y reptiles. Todos escoltados por los sonidos de los flashes de las cámaras y las charlas de las personas. “¡Así era de verdad!”, replica un niño a su mamá señalando el gran esqueleto del Mylodontinus en la sección de mamíferos.

En todas partes del lugar, hay carteles didácticos con preguntas inquietantes como ¿Existieron dinosaurios en el Perú?, llaman la atención de un par niños del colegio Augusto B. Leguía, que acaba de llegar. ¡Esta bien cheverazo!, exclama uno. Al fondo derecho del local hay una sala en homenaje a Ramón Ferreira Huerta, padre de la botánica peruana; en ella la imagen de la amaryllis ferreyrae hace que una jovencita empiece a cantar ¡qué linda flor!/ ¡qué hermosa flor!…

Al entrar al lado izquierdo de la casona el olor va cambiando pues se percibe el barniz de los peces óseos, cartilaginosos y de las profundidades, éste es el área de peces, donde el color verde de las paredes cambia la iluminación cálida de la sala por una más fría. Son las dos y cuarenta y nueve de la tarde y un grupo de rusas acaba de tomarle foto a un pez que tiene dientes, el Balistida; en la otra sala, “amigotes” observan el esqueleto de la famosa “shushupe”.


Mientras que una familia de japoneses analiza, en la habitación contigua, al gallito de las rocas acompañado de su amigo de peinado “el pía pía”. El olor a naftalina y formol es percibido rápidamente por una pareja de enamorados que observa una variedad de patos. Entretanto, los colegiales bajan a la azotea, a la zona de crustáceos y a un cuarto de tonos rojos que exhiben los restos de un oso perezoso gigante, y la replica de la cabeza del famoso “dientes de sable”.

Un espacio perenne, un lugar de tradición

La flora rodea al recinto de la fauna, árboles de higos y arbustos de mandarina son algunas de las plantas que adornan el paisaje. Y detrás de la casona, esta la sala de minerales, estantes que demuestran la riqueza minera peruana, como el oro, plata, cobre, entre otros. A las cuatro y media muchos vuelven a la agitada vida urbana. Sin embargo, este espacio esta perenne para recibir a más personas que quieran “conocer”, como lo viene haciendo hace noventa y dos años.

Comunicador Social, amante de la música y los videojuegos.

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